¿Por qué nos molesta tanto la libre expresión de los niños?

libre expresión de los niños

“De niños nos prometemos que haremos lo contrario de lo que hacían nuestros padres. Sin embargo, cuando tenemos hijos, con frecuencia repetimos los hábitos de nuestros padres. Esta es la rueda del “samsara”, el ciclo repetitivo del sufrimiento vital de generación en generación”.Thich Nhat Hanh, El arte de cuidar a tu niño interior

Una de las situaciones más difíciles de la crianza se presenta cuando los niños se comportan de una manera que nos asusta, nos parece reprobable, nos desagrada. El abanico de estas situaciones es amplio, y depende de las consideraciones individuales, pero van desde violencia física y verbal, desobediencia, celos, falta de empatía, desorden, ruido…

Ante ellas solemos reaccionar de manera automática reprimiendo (castigos, amenazas, regañinas), negando (¡No es para tanto!), distrayendo o eludiendo (fingiendo que no nos enteramos). Nunca nos paramos a reflexionar sobre el sentir del niño, que vive humillación, soledad, confusión, desconexión, impotencia, falta de amor.

El porqué de nuestras reacciones

La tendencia es intentar corregir la conducta del niño, pero casi nunca intentamos corregir nuestras propias reacciones, porque mirar para adentro es más incómodo y exige más responsabilidad. Buda decía:

“Ante cualquier cosa que ocurra, trata de ver su naturaleza profunda.”

Y ahí vamos:

  • Vivimos con una rígida necesidad de control, considerando a los niños como una amenaza a ese orden y creyéndolos cuasi enemigos que nos ponen a prueba. ¿Por qué no empezamos a considerar que los niños son buenos por naturaleza, que lo son, y que están expresando con su conducta alguna necesidad que no saben canalizar de otra manera?
  • Tenemos miedo a que no sean felices, así que cualquier expresión intensa de dolor, frustración o rabia, nos hace cuestionarnos como padres.
  • Además de a ese juicio interno, tememos el juicio externo, y las opiniones de los demás sobre la conducta de nuestros hijos condiciona enormemente nuestras reacciones y nos aleja de la conexión con ellos.
  • Las expectativas que tenemos sobre los niños se interponen de dos maneras: por desconocimiento de lo que podemos esperar de ellos según su etapa evolutiva; y por lo que queremos que sean o logren y que tiene que ver con lo que no logramos nosotros, por lo que, desaprobándolos, los hacemos sentir tan incómodos que terminan accediendo a nuestros deseos.
  • A nosotros puede que no nos hayan dejado expresarnos libremente, así que nos cuesta mucho aceptarlo, ya que lo tenemos interiorizado como algo malo.

Facilitando la expresión libre

Estas son algunas ideas que nos pueden ayudar a acompañar a los niños desde la consciencia presente, sin combatir ni reprimir:

  1. Ten en cuenta que las emociones necesitan circular libremente, es decir, debemos sentirlas sin miedo, nunca silenciarlas, ya que la emoción que se acalla no desaparece, sino que permanece relegada al inconsciente, y de adultos nos sorprendemos en actitudes “infantiles” precisamente por eso.
  2. No reaccionar, entendiendo que nuestra reacción responde más a nuestros propios miedos, como comentaba antes, que al comportamiento de los niños (revisa para ello los motivos que enumeré atrás). Esto incluye no castigar, ni negar, ni distraer, ni eludir ni juzgar, puesto que todo ello inducirá a una obediencia a través del miedo. Y creo que todos consideramos más sano un comportamiento autorregulado, que nace de dentro del niño.
  3. Intentar descubrir qué hay detrás de ese comportamiento ya que, como decía antes, no es una provocación de los niños sino una necesidad que han canalizado de esa manera. Puede que les haya ocurrido algo desagradable, que sientan frustración por alguna situación, que estén cansados, que necesiten más nuestra presencia o que no les esté llegando nuestro amor.
  4. No perder en ningún momento el contacto con ellos y usarlos como un espejo que puede estar transmitiéndonos información valiosa sobre nosotros mismos. Los niños son muy sensitivos y a veces exteriorizan malestares que nos pertenecen, o directamente nos imitan.
  5. Ayudarles a nombrar lo que les pasa. Cuando ponemos nombre a las emociones o sentimientos, además de restarles fuerza, somos más conscientes, y eso nos da poder y autoconocimiento.
  6. No intentar compensar, ya que eso genera un sentimiento de víctima. Y desde el victimismo no actuamos, solo padecemos un malestar. Y lo que queremos es buscar una solución. Los niños suelen ser muy creativos en esto, así que probemos a que sean ellos los que la encuentren.
  7. Ser siempre ejemplo. Es lo único que realmente ven los niños. No importa lo que digamos, sino nuestros actos, que hablan por nosotros más que ninguna otra cosa.
  8. Intentar ser siempre cariñosos y respetuosos, puesto que en la dimensión del ser estamos a un mismo nivel, y eso lo merecemos todos.

“Las personas con grandes pasiones, las personas que alcanzan grandes logros, las personas que poseen sentimientos intensos, las personas con grandes mentes y fuertes personalidades rara vez han sido niños buenos.” L.S.Vygotsky

Somos imperfectos y casi todos fruto de una crianza autoritaria y no respetuosa. Así que ahorrémonos la culpa. Nos equivocaremos muchas veces, sobre todo cuando estemos cansados o hayamos tenido un mal día. Así que tengamos también la misma consideración hacia nosotros mismos que queremos tener para ellos. Es un doble trabajo que redunda en beneficio de todos.

Las prisas no son buenas consejeras, y solucionar las situaciones generando miedo en los niños es fácil e inmediato, pero toca preguntarse si eso es coherente con el objetivo que tengamos a largo plazo en la crianza. La conexión y la confianza en la relación con nuestros hijos se labran con compasión y amor hacia ellos y hacia nosotros.

“Si alguna vez encuentras en tu hijo algo que no te guste, mira en tu interior, lo encontrarás allí; se refleja en el niño. (…) Por eso, si encuentras algún defecto en el niño, en lugar de corregirlo en él, corrígelo en ti mismo y te sorprenderás: el niño dejará de hacerlo inmediatamente.” OSHO, El libro del niño

portarse siempre bien

 

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