¿Por qué mienten los niños?

¿Por qué mienten los niños?


“Una mentira no tendría ningún sentido a menos que sintiéramos la verdad como algo peligroso” Alfred Adler

Yo he mentido, y mucho. Y no me arrepiento de ello. Tampoco me arrepentía entonces, a pesar de la moral cristiana y el mandato bíblico. He mentido para sobrevivir, y porque había en mí un impulso de vida potente.

Por eso sé que la mentira no es consustancial al ser humano, a pesar de que el humano mienta. Digo que la mentira es una distorsión, un salvavidas. Y lo reafirmo para aquellos que gustan de ver en todos los tropiezos una naturaleza indisociable nuestra.

No. Seguramente hay sociedades donde no existe la mentira, igual que hay sociedades donde no existen las perversiones sexuales, las enfermedades mentales funcionales o las neurosis.

Los dos motivos por los que mienten los niños

Así que para mí hay dos motivos fundamentales por los que los niños mienten. Y me refiero a las mentiras conscientes, no a esa edad, inferior a los cuatro años, en los que fantasía y realidad tienen fronteras laxas:

  • Por imitación. Porque nosotros enseñamos más con el ejemplo que con el discurso. Y mentimos, aunque nos creamos nuestros piadosos motivos. Y a los que más mentimos suele ser a los niños. A veces para salir del paso, para conseguir que nos obedezcan, para “protegerlos”. Y ellos nos leen. ¡TOOOOODO EL RATO! Y de una forma mucho más aguda de lo que nos creemos. Y al final, somos modelos, y es lo que tiene tener hijos, que te devuelven tu propia estampa en toda su crudeza.
  • Por supervivencia. Porque los machacamos, a fuerza de amenazas, castigos, chantajes y expectativas irreales de ciega obediencia. Y no, no es posible ser inmisericordemente obediente. Es contrario a la naturaleza de la vida. Y los niños la tienen, más o menos mermada por nosotros, pero mantienen cierta energía, y tienen forzosamente que rebelarse. El autoritarismo no es natural, y ellos lo soportan con resignación. Porque dependen de nosotros. Y porque nos quieren. Por eso han de mentir, para poder mantener con vida algunos de sus impulsos. Para protegernos del desencanto que produciría en nuestras expectativas la verdad. Y por temor a no ser amados. Porque, ¿qué somos sin amor?

Leyendo las mentiras

Si tienes un hijo que miente mucho, también tienes un regalo. Gracias a él puedes mirarte y ver tres cosas:

  • Que tal vez tú estés mintiendo. Y eso es digno de ser trabajado.
  • Que hay necesidades emocionales y/o físicas que no están cubiertas. Tal vez estés aplicando demasiada rigidez en la crianza. Tal vez tus expectativas os estén haciendo daño. Tal vez falta libertad en la relación y hay autoritarismo (¡y cuidado con el autoritarismo disfrazado de nueva corriente pedagógica!). Tal vez infundas temor donde creías que había obediencia natural al líder. Tal vez el perfeccionismo, la ansiedad, el exceso de control estén frustrando una relación sana. Seguramente haya desconocimiento, inconsciencia, falta de autocuidado.
  • Que tu hijo tiene vida. Que miente porque no puede reprimir su amor por la libertad, por la vida y por los naturales deseos. Y entonces puedes sentirte orgulloso, y transformar en admiración la decepción o la culpa.

Pero también puede darse el caso de que tu hijo no mienta. Y entonces sentirás que no lo estás haciendo tan mal. Que estás labrando un espacio de confianza en la relación para que pueda decirte lo que no te gusta porque no teme “consecuencias”. Porque sabe que a veces, los deseos ajenos chocan con los propios, que a nuestra necesidad de orden o control no le encajan las de exploración o descubrimiento. Pero es maravilloso que se sepa libre de decirlo.

Al final, el respeto verdadero se gana así, en un entenderse y aceptarse, saber que se puede confiar y que no hay nada que temer. Nace del amor incondicional. Y tanto me da si se trata de la relación familiar, escolar o de amigos. Por eso la mentira es una gran luz roja que nos marca el camino.

“Un niño autónomo, cuya vida sigue el curso que él elige, actúa productivamente porque lo desea. Actúa por amor y alegría, no por miedo ni por la necesidad de ganarse la aprobación” Naomí Aldort

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