Nuestra deuda con los niños

deuda con los niños

Este post está dedicado a todos los niños, a los que son ahora y a los que fuimos un día.

Yo no sabía quién era hasta que ella nació. Iba por la vida habitando una identidad puesta por otros pero muy asumida como propia. A veces la vida me sacudía con pequeños seísmos seguidos de momentos de aparente tranquilidad. Tenía un pasado al que me aferraba con fuerza, una profesión labrada a golpe de esfuerzo y un montón de preocupaciones que hoy me dan la risa. Pareja, trabajo asegurado, amigos, pero una constante sensación de carencia, de incompletud.

La maternidad y la sombra

Entonces vino abril, año 2012. Me convertí en madre en medio de un sinfín de miedos varios. Todo era nuevo y nadie me había preparado nunca para semejante responsabilidad. Me sentí superada, desbordada y sin tribu. Mucha soledad y mucha culpa. Mis esquemas sobre casi todo se vinieron abajo.

En ese tsunami de teta, insomnio, duda constante, desencuentro con el padre, teorías variopintas y consejos no pedidos, encontré un espacio, al principio muy pequeño, de conexión conmigo misma. Era pequeño porque en ese encuentro había toneladas de dolor que no quería afrontar. Laura Gutman le daría nombre más tarde para mí, y con él cierto consuelo. Ella lo llama “la sombra“, ese espacio sepultado bajo los años y el miedo, donde se guarda el niño que un día fuimos, todas sus carencias, sus necesidades insatisfechas, su desamparo. Para conectar con mi hija necesitaba acceder a ese espacio, ¡y era tan duro!

No lo hice de golpe, sino con idas y vueltas. Aún sigo ahí, pero tengo que decir que es lo más maravilloso que me pudo haber pasado nunca. Y quiero decirlo por si alguien que me está leyendo se encuentra en ese punto ahora mismo. Sería motivo de varios posts hablar de ese transitar hacia la madre más consciente que soy hoy. Fueron muchas cosas las que guiaron mi caminar: hubo libros, naturaleza, meditación, personas llenas de luz. Pero sin duda la mejor guía son nuestros hijos.

Agradeciendo

Cuando digo que estamos en deuda con ellos es porque siento que están en nuestra vida como auténticos maestros que nos abren las puertas a una percepción más pura y a algo que todas las religiones, todas las filosofías y los caminos espirituales aspiran: la presencia, el estar aquí y ahora, sin los límites del tiempo lineal, absolutamente vivos, poderosamente intensos. Y eso nos asusta porque se escapa de nuestro control.

Ahora sé que no tengo nada que enseñar, nada que dirigir. Solo observar cómo se desenvuelve su magia. Mi mochila aún pesa, pero gracias a ella me he liberado de parte de la carga. Mis patrones limitantes se interponen en ocasiones entre las dos. Toman diversas formas: impaciencia, intentos de control, miedo a ser juzgada como madre por su comportamiento, prisas, críticas, enfado…

Y le pido perdón, mil y una veces. Incluso llevo un cuaderno donde escribo estas cosas por si le apetece leerlas cuando crezca y aligera así su propia mochila.  A mí me resulta liberador. Siempre pido perdón y doy las gracias. Gracias infinitas a todos los niños por concedernos el honor de acompañaros, por darnos la oportunidad de crecer y vivir más auténtico, por guiarnos y enseñarnos humildad, amor incondicional y perdón, por vuestra luminosa presencia.

“Hay que ponerse urgentemente a la tarea de aprender, de los mismos niños o de adultos que no se hayan acercado a ellos con “mirada pedagógica”, lo que los niños quieren decir y hacer, callar y dejar de hacer. Y, a partir de ahí, acompañarlos en su búsqueda o en su abandono. Sostenerlos sin aferrarnos a ellos; consolarlos sin apabullarlos, sin querer reprimir sus expresiones de dolor o de rabia; cuidarlos sin que apenas se den cuenta, sin pedirles nada, sin siquiera desear que se sientan endeudados. ” Jesús García Blanca, El rapto de Higea

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