No juzguéis y no seréis juzgados

No juzguéis y no seréis juzgados

«La primera y la mejor victoria es conquistarse a uno mismo»

Por qué juzgamos y por qué nos duele tanto cuando nos juzgan

Todos juzgamos, a los demás, a los niños muchísimo, a nosotros mismos. ¿Por qué lo hacemos?

Juzgar es una de las tendencias compulsivas del ego, que siempre quiere tener razón. Juzgar nos hace sentir mejores, o defendernos si nos sentimos inferiores, y al ego le encanta construir la identidad a través de la diferencia y la separación.

Pero ese poder que ejercemos al juzgar es en realidad debilidad disfrazada de fuerza. Una defensa a nuestra pobre autoestima.

Cuando somos nosotros o los niños los que recibimos la crítica ajena, se destapa la negatividad que guardamos, de manera que no reaccionamos solo a ese juicio, sino a todos los anteriores que nos minaron siendo niños, que nos hicieron sentir indignos de amor y no aceptados. Y esto siembra la semilla de la duda sobre lo que somos, por el error común de indentificarnos con nuestras acciones o creencias.

Cómo afrontar el juicio ajeno

  1. Lo primero que me preguntaría, o que le preguntaría a un niño afectado por una crítica o insulto sería lo siguiente: «¿Te crees realmente lo que te han dicho? ¿Cómo te sentirías si creyeras que no es así? ¿Qué pensamiento eliges creer?» A través de estas preguntas despertamos la idea de que cualquier juicio es solo un pensamiento y que tenemos la libertad de creerlo o no. Fabuloso, ¿no?
  2. En segundo lugar, reflexionaría sobre esta cuestión: ¿Necesitamos la aceptación de los demás? Cuando estamos en equilibrio, cuando el ego no domina nuestra vida, no tenemos esa necesidad. Nos sentimos completos y plenos tal y como somos. Nos queremos y aceptamos y en consecuencia podemos querer y aceptar a los demás.
  3. ¿Cómo conseguimos esa aceptación? Expresando amor incondicional, sin expectativas, hacia nosotros y hacia los niños (te dejo aquí un post al respecto), para evitar la necesidad de complacer a los demás buscando una aceptación que debe partir de nuestro interior y hacia nosotros en primer lugar. Todos guardamos heridas (sobre ello te dejo un post aquí) y, según sea el caso, elegimos complacer a los demás, huir de los demás o dominar a los demás, creyendo que así llegaremos al amor, la plenitud y la protección. El ego nos engaña. Ya somos todo eso, no hay que ir a buscarlo a ningún sitio.
  4. Si reaccionamos al ego del que juzga, lo único que conseguimos es fortalecerlo. Podemos, en su lugar, ver la situación y el malestar que nos produce, y entonces cambiar el enfoque, y penetrar ese malestar, ir al fondo. Una especie de resistencia pasiva, sin negatividad ni odio, dando, si lo consideramos y nos apetece, la información al otro.
  5. Al final, practicar la compasión, entender que todos somos víctimas del ego, que teme morir si se destruyen las ideas sobre las que ha construido su identidad. Cuando juzgamos somos más dignos de compasión que de reprobación.

Así que la próxima vez que se te presente un juicio ajeno (y en crianza nos sobran), o que te sorprendas a ti mismo juzgando a los demás, úsalo para todo esto:

  • Para entrenar la idea de que nosotros decidimos creer los pensamientos que queremos.
  • Para ver si nos estamos aceptando o no.
  • Para revisar  nuestra autoestima y hacerla depender de nuestra propia fuerza interior.
  • Para practicar la resistencia pasiva, desactivando el ego del que juzga al no imponer nuestra razón.
  • Para ejercitar la compasión.

¿Te ha sido útil el post? Si es así, coméntame cómo has vivido los juicios ajenos y si los habías visto como una oportunidad para crecer.

«Siempre que te sientas superior o inferior a alguien, es el ego que llevas dentro» Eckhart Tolle, El poder del ahora

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