Liberándonos de nuestros padres

Liberándonos de nuestros padres

“Es preciso que nos desprendamos de los padres que tenemos interiorizados y que continúan destruyéndonos; solo así tendremos ganas de vivir y aprenderemos a respetarnos” Allice Miller, El cuerpo nunca miente

Soy consciente de que el asunto que voy a abordar es polémico donde los haya. Pero lo hago con la consciencia de quien sabe que solo sanando al niño que un día fuimos, podremos devolver a nuestros hijos, al mundo, el amor rescatado.

De niños, ¿fuimos amados?

Los niños son, sin duda, la parte más vulnerable de la sociedad, y también la más sometida. La balanza entre lo que un niño necesita y lo que obtiene está muy desequilibrada. ¿Qué necesita? Amor, atención, protección, contacto, alimento físico y espiritual, presencia.

A menudo, cuando hablo de esto con otras personas, todas coinciden en aceptar que han sido bien cuidadas. Yo digo que simplemente hemos asociado la alimentación física o la higienización con todo lo que nuestros padres debían hacer. ¿Y su apoyo incondicional? ¿Su estímulo? ¿Su escucha? ¿Los cuentos antes de dormir? ¿Su respeto? ¿Su amor sin chantajes, sin expectativas? ¿Su presencia? ¿Existió?

En general observo dos comportamientos, a menudo simultáneos:

  • Lagunas en torno a buena parte de nuestra infancia. Sobre esto he de decir que solemos sublimar (relegar al inconsciente) aquellas experiencias difíciles de asimilar. Si hay olvidos lo más probable es que no hubiera ni compañía ni comprensión (por no hablar directamente de maltrato).
  • Justificaciones insistentes a la acción de nuestros padres. Pero no desde la reflexión madura, sino como una especie de cortina que tapa una realidad sobre la que nos negamos a profundizar. Llegamos incluso a defender distintas formas de maltrato (gritos, violencia física…)

¿Por qué lo hacemos? Creo que lo hacemos por lealtad, porque los niños son leales hasta la médula, y querrán a sus padres bajo casi cualquier circunstancia. Y entonces cabe la pregunta: ¿y una vez adultos? Y yo digo que nunca llegamos a madurar del todo si no hemos completado satisfactoriamente los ciclos, si no hemos recibido todo lo que necesitábamos para crecer. De “adultos” seguimos teniendo una relación infantil hacia nuestros padres, y buscamos su contante aprobación o tememos su crítica, muchas veces inconscientemente. Ansiamos con avidez recibir algún día lo que nos han negado de niños. Michel Balint, psiquiatra estadounidense, lo llama la FALTA BÁSICA . Y es duro, muy duro, aceptar que no hemos sido amados.

Poniendo consciencia sobre nuestra infancia

La primera vez que asumí esta realidad sentí dolor e ira. Hice un severo juicio interior a mis padres y los culpé de todas mis carencias e inseguridades adultas. Tuvo que pasar tiempo y un permanente trabajo interior para entender ciertas cosas:

  1. Que no era algo personal, que se lo habían hecho a todos sus hijos.
  2. Que su forma de criar respondía a su nivel de inconsciencia, o lo que es lo mismo, que hicieron lo que pudieron con lo que sabían.
  3. Que todos somos víctimas de víctimas, que ellos habían sido a su vez víctimas de la falta de amor.
  4. Que echárselo en cara solo provocaba una reacción defensiva de su ego.
  5. Que bastaba con que yo entendiera a mi niña herida, que empatizara con ella.

Y eso fue lo que hice. Simplemente dejé de ser leal a mis padres, y tuve que poner mucha atención en ello, mucha consciencia. Digamos que me di la escucha, el amor y el cuidado que nadie me había dado. Puse por escrito todo el sufrimiento, hice meditaciones y los visualicé siendo niños, niños heridos también. No dejo de hablarle a la niña que fui, la escucho atentamente, la abrazo, la mimo, la llevo siempre conmigo y la tengo presente.

Desde que lo hago, sucedió algo revelador, y es que cuando empatizas con tu niña herida eres capaz de hacerlo con todos los niños, incluso con los niños interiores de los demás. Y entonces dejas los juicios y los castigos, que nunca sirven para nada. Y te das cuenta que tampoco es necesario viajar al pasado para rescatarte, porque tu niña se manifiesta en cada sufrimiento presente, muy especialmente desde que somos madres. Nuestros hijos no dejan de recordárnoslo. Démonos ese regalo para poder devolvérselo a ellos.

Espero que te haya servido. Me gustaría que me comentaras si sientes a tu niño herido y si aún guardas lealtad a tus padres esperando el reconocimiento incondicional que no tuviste de niño.

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