Las expectativas que matan a nuestros niños

las expectativas que matan a nuestros niños“Si los padres aman de verdad al niño, le ayudarán a ser valiente; valiente incluso en contra de ellos mismos”. Osho, El libro del niño

Protegerlos de nosotros mismos. Esa sensación la tuve en muchas ocasiones, sobre todo tras los coletazos de un enfado, de un “no puedo más“.

¿Quién no ha querido en alguna ocasión que sus hijos fueran de otra manera?

Nunca quise que mis hijas sacaran buenas notas, ni que estudiaran determinada carrera o desempeñaran una profesión x, digamos que no sentí esas expectativas “clásicas“. Tal vez por eso me costó aceptar que sí tenía expectativas, más sutiles, más inconscientes, tal vez más relacionadas con el campo emocional. ¿Quién no ha querido, en alguna ocasión, que sus hijos fueran de otra manera?

  • Que compartieran sus pertenencias y respetaran las ajenas.
  • Que sociabilizaran cuándo y cómo los demás de su edad.
  • Que no se amedrentaran en una pelea.
  • Que no iniciaran una pelea.
  • Que no experimentaran una rabieta en medio de un montón de gente.
  • Que nos hicieran caso a la primera.
  • Que fueran más autónomos e independientes.
  • Que no cortaran tan rápido el vínculo.
  • Que no nos demandaran tanto.
  • Que fueran más comunicativos.
  • Que cesaran su parloteo continuo para disfrutar de un pedacito de silencio.
  • Que se adaptaran bien a la escuela.
  • Que fueran educados.
  • Que se comieran la comida que cocinamos.
  • Que jugaran como los demás.
  • Que vistieran como los demás.
  • Que no lloraran tanto.
  • Que no rieran tan estruendosamente.
  • Que no gritaran tan alto ni hicieran tanto ruido.
  • Que no tuvieran celos.
  • Que fueran más valientes, menos tímidos.
  • Que no fueran tan atrevidos…..

La lista podría ser infinita. Y nadie negará haberse visto reconocido en alguna de estas expectativas.

Poniendo conciencia sobre las expectativas

Las expectativas son control y una proyección de nuestros deseos. Tienen más que ver, por una parte, con nuestra necesidad compulsiva de tener razón, y con nuestra propia sensación de carencia, por otra. Ambas son reacciones del ego. Al ego le gusta tener razón porque se nutre de la identificación con ideas, opiniones, juicios, pensamientos. Y también con la idea de carencia, de nunca ser suficientes.

Y sufrimos por ellas, y les hacemos sufrir. E intentamos redirigirlos a través de la crítica y de su contrario, el elogio, desaprobándolos o ensalzándolos para que accedan a nuestras pretensiones, enviándoles sutilmente el mensaje de que les queremos y seguiremos queriendo si hacen lo que nosotros creemos que les conviene más o son como a nosotros nos parece que deberían ser.

Pensamos que detrás está el amor, pero en verdad está el MIEDO, que nos impide distinguir entre nuestras necesidades y las de nuestros niños.

El AMOR no entiende de juicios, ni crítica, ni comparaciones, ni expectativas. El amor es presente sin proyecciones. Es ACEPTACIÓN TOTAL. Es mirar, ayudar, escuchar, tocar, sin desear nada más. Es el SER que hay detrás del HACER. Reconocernos en el otro y ser reconocidos. Más simple. Más corazón.

Pero para eso vinieron a nosotros los niños, para traernos otra vez a ese lugar, al paraíso perdido. Para mostrarnos el lenguaje mágico de la vida, que olvidamos al crecer. Para hacernos de espejo y sacurdirnos las creencias.

Devolvámosles el favor diciéndoles, diciéndonos, como remata André Stern en su libro Jugar:

“No tienes que transformarte, no tienes que esforzarte por gustarme. Te quiero porque eres tal como eres. Tal y como eres, eres perfecto.”

 

Compártelo!

Deja un comentario