La paz empieza en las madres

La paz empieza en las madres

“Los delicados inicios de la vida son de gran importancia. Son el fundamento del bienestar del alma y del cuerpo. Me gustaría pedirles apoyo en este esfuerzo. Necesitamos paz en la Tierra; una paz que comienza en el vientre de la madre.” Eva Reich

En mis dos puerperios me sumergí de manera muy natural en una burbuja tejida por el deseo hacia mis bebés. “Me olvidé del mundo“, como decía Gabriela Mistral, y me “hice cuna“. Desde la ternura de mi gruta pude desplegar un amor hacia mis criaturas que, si bien estaba mediatizado por mi sombra (todos lo estamos), al menos estuvo a salvo del sinfín de consejos y recomendaciones que asolan por el mundo adelante a la inmensa mayoría de madres puérperas.

Cuando empecé a asomarme fuera de la gruta, de vuelta al enjambre, descubrí dos cosas:

  • Que mi intuición nos había protegido sabiamente.
  • Que las mentiras en torno a la crianza estaban más extendidas de lo que yo creía.

Desmontando mitos en torno a la crianza

Como soy de naturaleza curiosa y me encanta ir a la raíz de todo, empecé a cuestionar e investigar por el sentido de todas aquellas creencias que me resultaban tan hostiles hacia las madres y los bebés. Relataré algunas, a las que seguro hay más que añadir:

  1. Que el calostro es malo, que no alimenta lo suficiente.
  2. Que la madre debe descansar después del parto y dejar al bebé en una cuna.
  3. Que la lactancia es esclava y no permite participar al padre.
  4. Que los niños de teta duermen peor y así las madres no descansamos.
  5. Que hay que dar chupete para que se relajen.
  6. Que no hay que coger en brazos a los bebés o se enmadran y se vuelven consentidos y dependientes.
  7. Que mimar y complacer a los bebés los hace intolerantes a la frustración.
  8. Que hay que dejarlos llorar o se mal acostumbran.
  9. Que el colecho destruye la vida conyugal.
  10. Que cuanto antes duerman en su habitación, mejor.
  11. Que hay que volver cuanto antes a la vida social y laboral, “recuperar tu vida”.

Terminé dándome cuenta que todas esas “bien intencionadas” recomendaciones tenían como fin común el separar cuanto antes a las madres de los bebés. Es evidente que la amiga, tía, suegra o vecina de turno no lo dice con esa intención conscientemente. La clave está en que son creencias que llevan milenios incrustadas en el “inconsciente” colectivo. Y lo interesante es que no están ahí por casualidad.

Podría citaros a muchos autores, que los hay, que han investigado el tema y se han cuestionado lo mismo que toda madre consciente. Que yo haya leído: Jean Liedloff, Michel Odent, Adolfo Gómez Papi, Carlos González, Casilda Rodrigáñez, Nils Bergman, Laura Gutman, Evania Reichert, Wilhelm Reich

Despertando nuestro saber intuitivo

Estoy de acuerdo con ellos en que mi condición de mamífera me llevó naturalmente a:

  1. Poner a mi bebé sobre mi cuerpo nada más nacer y alimentarla con mis pechos llenos. Es entonces cuando se producen las mayores concentraciones de oxitocina y prolactina, causantes del acoplamiento, enamoramiento o, como lo llaman Monique Morin y Nicole Mariner, “impronta“, que unirán a madre y bebé con un vínculo indeleble.
  2. Descansar tras el parto, sí, pero con mi bebé bien pegadita a mí. Nils Bergman, neurólogo perinatal, en el documental Restoring the original paradigm, dice que cuando el bebé es separado de la madre entra en un programa de defensa con un cóctel hormonal de cortisol, adrenalina, etc, hormonas del estrés y el miedo que afectan a todo el organismo
  3. Dormir con ella muy cerquita para que, sintiendo mi olor, se relajara y tomara leche cuando lo precisase (la leche materna tiene triptófano, lo que propicia el descanso).
  4. No recurrir al chupete como sustituto de mi cercanía y disponibilidad permanente.
  5. Llevarla en brazos. Porque nacemos poco desarrollados, a diferencia de otros mamíferos, y hasta que comienza nuestro desplazamiento autónomo, vivimos una exterogestación en la que el contacto con el cuerpo materno es vital.
  6. Con-sentir, en el sentido de “sentir con” el bebé (¿qué otra forma existe sino de conocer sus necesidades?), abrazar, mimar. Los mamíferos lamen a sus crías, y no por eso pierden sus aptitudes para la vida adulta, más bien al contrario.
  7. Atender el llanto e interpretarlo para colmar sus necesidades/deseos, acompañarlo. Es la manera que tienen de expresar su disconformidad con algo, sea físico o emocional.
  8. Entender que necesitaba mi cuerpo y mi presencia más que mi compañero adulto, sobre todo por la noche, que siempre ha estado poblada de miedos e inseguridad.
  9. Asumir que el deseo hacia mi criatura pasó temporalmente a ser prioritario al deseo hacia el padre. Que es una forma más de sexualidad en el universo femenino, generalmente incompatible con la sexualidad genital o coital que es la única que solemos considerar.
  10. Retrasar lo que pude mi incorporación al mundo para conseguir la cercanía con mi criatura, que me necesitaba aún tanto.

Si el vientre nos pide algo que la sociedad condena, ¿hacemos caso al vientre o a la sociedad?

Vivimos aún en un mundo patriarcal que lleva milenios funcionando. No siempre ha sido así, y la Historia lo atestigua. En ese mundo, que se gestó aproximadamente desde el 1500 a.C y se consolidó en la civilización griega del siglo V a.C, era vital la domesticación de la mujer y de las criaturas. ¿Para qué? Para constituir más fácilmente las jerarquías, la propiedad y los linajes. Y es que la lealtad a esa tríada era incompatible con la lealtad que se construye a partir de la relación de las madres con sus hijos.

Romper ese vínculo era terminar con las madres deseosas de satisfacer a sus bebés por encima de todo; era instaurar en las criaturas el miedo, la carencia, o como lo llama el psicoanalista estadounidense Michel Balint, la “falta básica”. Nadie duda que siempre será más sumismo el que necesita que el que ve colmados sus deseos.

Y en esas estamos, siglo XXI, milenios después, arrastrando, diría que casi todos, una herida primaria, en eterno estado de carencia (relegada al inconsciente, eso sí). Y nos convertimos en madres. Y la “sombra“, como la llama Laura Gutman, se revive en el contacto con las criaturas. Y entonces, o la cruzamos (con consciencia y mucho dolor) para liberarnos y liberarlas, o la relegamos de nuevo a las profundidades y realizamos la función materna de manera aséptica, casi robotizada, fieles a los preceptos sociales y lejos del deseo que nos nace en las entrañas.

En ningún caso pretendo que nadie se sienta ofendido. Esta es tan solo mi experiencia vital, que tal vez pueda servir a alguien. ¿Qué es lo mejor? Lo que nazca de cada madre en orden al AMOR y no al MIEDO. Y para eso suele ser imprescindible auscultarnos el alma, hacernos preguntas, muchas preguntas, y reaprender.

Y tú; ¿has sido víctima de algún mito sobre la crianza?

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