¿Entendemos nuestras emociones?

“Nunca estoy molesto por la razón que pienso”, Eckhart Tolle

Lanzo directamente la pregunta, cortante como un bisturí: ¿Cómo acompañamos a los niños si no nos aclaramos ni nosotros con lo que nos pasa?

Cuando nos convertimos en padres, uno de los retos a los que nos enfrentamos es el de acompañar el crecimiento emocional de nuestros hijos. Hay miles de libros y webs que nos dan consejos para hacerlo, unos más respetuosos que otros. Pero todos se topan con el mismo muro: es my difícil acompañar un proceso que nos resulta desconocido porque a nosotros mismos no nos han acompañado. Como te comentaba en el post Liberándonos de nuestros padres, no es posible ser adultos maduros si no hemos cerrado satisfactoriamente cada uno de nuestros ciclos.

¿Qué son las emociones y de dónde vienen?

La RAE da esta definición: “alteración del ánimo intensa y pasajera, agradable o penosa, que va acompañada de cierta conmoción somática”. Yo añado que las emociones son patrones de pensamiento amplificados, es decir, nosotros procesamos la realidad, la interpretamos y, en función de eso, sentimos la emoción. Van desde el MIEDO y todas las asociadas a él (ira, rabia, cólera, rencor, enfado, angustia, tristeza…) al AMOR (alegría, serenidad…).

Para entender lo que te digo te propongo un ejercicio: observa una situación cotidiana, no demasiado intensa, en la que experimentes una emoción, la que tú quieras. Una vez identificada, observa el estímulo que crees que la ha provocado y pregúntate si podrías haber reaccionado de otra manera al cambiar la interpretación de la situación. (por ejemplo, un vecino no ha respondido a tu saludo por la calle, sientes enfado porque crees que te ha ninguneado, pero te cuestionas que tal vez no te haya visto porque iba ensimismado en sus pensamientos).

Este es un primer acercamiento, y es probable que al principio creamos que la emoción que estamos experimentando es la única posible.

El siguiente nivel requiere haber ejercitado nuestra capacidad de observación. Lo necesitaremos porque de lo que se trata es de vernos en medio de una situación intensa (cuando criamos nos sobran las de este tipo). Por poner un ejemplo: tus hijos no se quieren ir a dormir, saltan sobre la cama, se ríen y parecen más activos que nunca. Tú entras en una espiral de enfado, riña, lucha. Acabas gritando, cansada e impotente; puede que lances alguna amenaza. En ese momento, párate a observar lo que sientes y pregúntate por qué lo sientes. ¿Qué pensamientos hay detrás de tu enfado. Probablemente creas que se ríen de ti, que no te hacen caso y eres un fracaso como madre, que no sabes imponerte, que deberían respetarte, que no descansarán lo suficiente, que será un suplicio despertarlos por la mañana…. Todo eso que se pasa por tu cabeza son tus miedos, y los fabricas tú, no tiene que ver con los niños. Como decía Eckhart Tolle:

“Todo lo que te molesta en otros, aquello contra lo que más reaccionas, está también en ti”

Y ahí está la clave, entender que la emoción se alimenta de pensamientos. Y nosotros somos los que los pensamos. ¿Y sabes qué? Que puedes elegir pensar otra cosa. ¡Es maravilloso!

También es cierto que no siempre son pensamientos que podemos controlar. Algunas emociones traen una carga del pasado, y cualquier situación que evoque ese recuerdo, la despierta. Para eso observamos.

Mi propuesta

En ningún momento pretendo invitar al control o juicio de ninguna emoción, a su autorrepresión. No debemos hacerlo con los niños ni con nosotros. Concedámonos el derecho a sentirlas sin culpa y esa será la mejor manera de ayudarlos, de ayudarnos.

El objetivo siempre es poner consciencia. Observar. Eso nos permite ser más libres y no dejarnos dominar por nuestros patrones de pensamiento:

  1. Parar y sentir la emoción.
  2. Reconocerla, nombrarla.
  3. Respirar conscientemente.
  4. Preguntarnos qué pensamientos hay detrás, e ir tirando del hilo hasta verlos.
  5. Observar el cuerpo a nivel visceral, muscular (la “conmoción somática” de la definición de la RAE).

Al final es simple, aunque exige perseverancia y consciencia. Es estar alertas, identificar los pensamientos desencadenantes y entender que los podemos cambiar. ¡Todo el cóctel hormonal y la conmoción somátca los generamos solo con pensar! Esto es fabuloso, y nos otorga una gran libertad. Eso sí, con la misma proporción de responsabilidad. Ya no vale buscar culpables, ni en los demás ni en las situaciones. No vale cargar a los otros, sobre todo a los niños, con nuestras mochilas. Pero tampoco es necesario forzar un autocontrol que es difícil y contraproducente a partes iguales.

¿Queremos enseñar a los niños a crecer emocionalmente? Es sencillo, seguirán nuestro ejemplo. Verán que no reprimimos nuestras emociones y que a la vez vamos más allá, a destripar, a diseccionar las ideas que las provocaron y a decidir con libertad si queremos seguir aferrados a ellas.

Espero haberte ayudado. Comparte si crees que puede serle útil a otras personas, ¿Lo habías visto de esta manera?

“La causa primaria de la infelicidad no es nunca la situación, sino lo que piensas acerca de ella” Eckhart Tolle, Un nuevo mundo ahora.

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