El viaje más brutal

El viaje más brutal

«Con consciencia tenemos una posibilidad; podemos actuar de otra manera. Podemos poner fin a ciclo del sufrimiento justo ahora,» Thich Nhat Hanh, El arte de cuidar a tu niño interior

Hoy quería compartir contigo algo íntimo y especial que escribí hace tiempo:

«Hoy he gritado. He llenado el corazón de una pequeña criaturita con mis mosntruos. Casi los vi, negros y espesos, salir de mí y penetrar su piel tan suave, chorreándole en lágrimas por toda la cara.

Me sentí pequeña, muy pequeña. Sin saber por qué, su negativa me desencadenaba la tormenta. A veces no lo sabemos todo. Estoy cansada y menstrual, y aún así tengo que seguir tirando del carro como si nada pasara. No está bien. Porque en esos momentos necesito bajarme de lo cotidiano y encerrarme un rato abrazando mi oscuridad. Penetrarla, sentirla, observar los nudos en los músculos, en las vísceras y en la garganta. Y así, en silencio y sin temor a herir, descargar la tensión, aflojar, llorar como si no hubiera un mañana, como si no tuviera que ponerme a hacer la comida en media hora.»

Cuando digo que la maternidad consciente es el viaje más brutal, no exagero. Sé que existen tantos caminos como personas, y que las posibilidades de crecimiento están en todas partes. Pero me cuesta considerar algo más salvaje que esto. Esta manera tan oculta, rutinaria y bestia de entrar en tu «noche oscura del alma» en medio de lavadoras, cenas, baños, cacas y ruido, mucho ruido.

Sus vocecitas como las campanas que te llevan de Mordor a la Tercer Edad del Sol, del samsara al nirvana, del infierno al cielo.

Podemos y debemos hacerles caso. No importa cuánto nos hayamos enterrado hoy o ayer, porque de todas formas ya ha sucedido. No pienses en la herida, sino en la conciencia cauterizadora que el amor despierta. No hay futuro, ni pasado. Y puedes perderte el presente en la ciénaga de la culpa, o llorar y sentir el cuerpo, y a nada que tengas un hueco de soledad, limpiar de pensamientos impuros tu mente (léase remordimientos, culpa, justificaciones, autocrítica, flagelaciones varias), y concederle a tu carne abatida un abrazo poderoso, sintiendo que estás aquí, ahora, en el seno de una matriz cósmica que te regala tus circunstancias para que las trasciendas.

Y pedir perdón, sí, y hacer algo bonito con ellos. Y no dejar de entrenar para la siguiente, que no todo va a ir sobre ruedas. Nos hacemos en los desafíos. Somos guerreros y guerreras de la luz, o al menos así me gusta verme.

Y todo lo demás es entrenar una escucha que te lleve a ti en primer lugar, a darte el amor que te debes. Y desde ahí a los niños, a entenderlos y empatizar. A respetarlos con humildad entregada. A aprender a soltar el control, porque de todas formas no lo tienes, nunca lo has tenido ni lo tendrás.

Y sus resistencias, las de los niños, no son más que el grito de quien sabe que no, que por ahí te estás equivocando, que ese no es el camino. Y encima desgasta como si estuvieras limpiando la casa sin verla nunca limpia. Una inutilidad. Un despropósito.

Reprogramación y autocuidado. Domesticación de la fuerza de los hábitos y los automatismos. Y entender que, como decía Jesucristo, estrecha es la puerta y angosta la senda que lleva a la luz. Consciencia vigilante, de la mente, del cuerpo, de nuestra forma de interpretar y sentir. Desaprendiendo. Recordando. Sacando el máximo partido al viaje más brutal.

«Cada vez que damos un paso consciente estamos inmersos en un acto de iluminación. Puede iluminarnos el hecho de estar dando un paso. Cada paso puede tener belleza en sí mismo. Fregar un plato puede ser un acto de iluminación.» Thich Nhat Hanh, El arte de cuidar a tu niño interior

 

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Esta entrada tiene 2 comentarios

  1. El monstruo de los gritos, eso me ha llegado mucho, yo lo viví también un día así con mi hijo y fue para mi un punto de inflexión. Qué palabras tan ciertas y tan bonitas, para mi la maternidad está siendo exactamente así, un viaje brutal y transformador. Gracias por decirlo de manera tan bella.

    1. Gracias a ti por tu consciencia y tu visión más allá. Entre todas vamos juntando intuiciones y rescatando una mirada sagrada y abierta que nos devuelve a la luz. Y en el viaje, claro, hay resistencias, y corazas duras, pero a través del amor que les tenemos nos dirigimos sin retorno a ese lugar en el que se disuelve el miedo, las heridas, nosotras.

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