El trabajo con la sombra

El trabajo con la sombra

“Somos esclavos de lo que rechazamos y libres de lo que amamos”

¿Qué es la sombra?

La sombra es todo el dolor que tu consciencia ha callado. Son todas las heridas y los desencantos que has ido acumulando en tu infancia, y que has sepultado para sobrevivir.

Nacemos con unas necesidades concretas de alimentación, comunicación, movimiento y contacto, y en cada fase de nuestro desarrollo estamos diseñados para que esas demandas específicas de la etapa sean satisfechas. Si esto no sucede así, la etapa no se cierra y el niño va superponiendo distintos grados de malestar: angustia, tensión, tristeza, rabia, frustración, desconexión, desamparo e incluso miedo a morir.

La única estrategia para poder sobrevivir a eso es relegarlo al inconsciente y protegernos haciendo corazas: cumpliendo con lo que se espera de nosotros, y no con lo que genuinamente necesitábamos, desconectándonos de nuestro interior, sometiéndonos, exigiéndonos, resignándonos, culpabilizándonos. Esas corazas son emocionales y físicas también, y de hecho conforman el aspecto de nuestro cuerpo (bioenergética) y nuestras enfermedades (biodescodificación).

¿Cuándo aparece la sombra?

La sombra aparece con cualquier circunstancia que nos recuerde el dolor original.  Por ejemplo, si hemos sentido abandono, cada vez que estemos expuestos a esa experiencia, o que creamos estarlo, las respuestas no serán a ese momento específico que vivimos en el presente, sino a la herida profunda de la que nace. Entonces veremos manifestarse a la sombra.

Generalmente no queremos entrar en contacto con ella, porque el dolor que despierta se nos hace insoportable. Por eso suele aparecer en momentos de crisis vital, a través de desgracias o de varapalos personales.

La maternidad y la sombra

La maternidad es un momento glorioso para ver la sombra en estado puro. Es una etapa de cambio, de gran vulnerabilidad, de desestructuración emocional, en medio de mucha soledad. El contacto con nuestros hijos nos pone irremediablemente en contacto con el niño que fuimos (siempre que nos lo permitamos).

Por eso nos cuesta tanto muchas veces estar presentes con ellos, jugar, rendirnos a su forma de ver la vida, dejarnos llevar por su naturaleza. Nos cuesta porque, hacerlo, supone pasar antes por el terrible proceso de traer a la consciencia todo el dolor enterrado.

¿Qué hacer con la sombra?

Y sin embargo hemos de hacerlo. No hay escapatoria, porque lo que nos produce terror tiene el curioso efecto de perseguirnos. Así que no hay otra que abrazar a nuestros monstruos.

¿Y cómo se hace eso?

  1. En primer lugar, dándole espacio en nosotros. Asumiendo lo que nos duele, nos molesta, nos irrita, nos saca de quicio. Teniendo en cuenta que nunca tiene que ver con nada externo. Las circunstancias fuera de nosotros, lo que los niños o la pareja hacen, es traer el problema a la superficie. Pero el problema ya estaba ahí. Si somos capaces de entender esto, ya estamos haciendo mucho.
  2. Al hacerle sitio a ese dolor y esa rabia, entendiendo que es nuestra, no de los demás ni de las circunstancias, nos generará a veces un sentimiento de rechazo a nuestros padres. Si te quieres acercar a eso, te dejo aquí un post que escribí al respecto.
  3. Para terminar, flexibilizar nuestras concepciones mentales. Es decir, entender esos automatismos con los que funcionamos, que nacen de la forma en la que hemos vivido las heridas de la infancia. Lo automático se frena mirándolo. Miramos la reacción que hemos tenido ante algo que los niños han hecho. Buceamos para conectar con esa forma de interpretar que hemos tenido, sabiendo que podemos cambiarla.

Lo que digo puede parecer algo vago o difuso. Puede parecer teoría que queda impoluta en el papel pero que no te soluciona las situaciones reales que acontecen en nuestra vida. Así que te pido una cosa: no hay soluciones rápidas ni gratuitas. El trabajo con la propia sombra puede llevar toda una vida, depende del nivel de consciencia y el grado de voluntad con el que quieras afrontarla.

Así que, para empezar, ya me parece impresionante el gesto de mirarla y conectar con ella, sin muchas valoraciones. De entender que es nuestra responsabilidad y nuestra decisión reaccionar como reaccionamos a los que nos acontece, mirar como miramos la vida.  Es la única manera de no cargar a otros, sobre todo a los niños, con nuestras heridas, porque ellos también van teniendo las suyas propias

Ese simple gesto ya les está librando a ellos de expresar a través de su cuerpo o su comportamiento algo que no les pertenece (recordemos que están profundamente fusionados con nosotras, de manera intensa hasta los 2/3 años, prolongándose hasta los 7 aproximadamente).

Y a partir de ahí cada cual ha de buscar el camino para desenterrarla, si es que tiene la intención de hacerlo y sanar, o prefiere seguir en la inconsciencia y el olvido. Y cuando hay voluntad,  el camino aparece.

Como dice el tantrismo:

“Por aquello que te hundes, por eso mismo te elevas”

 

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