Crianza y límites

Crianza y límites

“Existe un temor. El temor es que si el niño permanece desde el principio sin condicionar, será tan inteligente, estará tan despierto, será tan consciente, que su manera de vida será la de un rebelde. Y nadie quiere rebeldes; todo el mundo quiere gente obediente.” Osho, El libro del niño

Tenemos mucho miedo de la infancia. Nos sepulta una creencia: la necesidad de contener a los niños, porque tememos la libertad de asumir la autorregulación. Pensamos que sin límites cundiría el pánico, y la responsabilidad que asumimos en ese sentido nos lastra sobremanera.

¿Por qué nos obsesionan los límites con la infancia?

Yo creo que por dos motivos:

  1. Por la profunda herencia patriarcal. Al constituirse la sociedad patriarcal, que es piramidal, jerarquizada, basada en el dominio de unos sobre otros, la necesidad de control sobre los momentos más sensibles de la vida se hizo prioritaria. Controlando a los niños se lograban individuos sumisos y fácilmente sometibles. Nosotros no estamos pensando en eso cuando ejecutamos los límites, pero de forma inconsciente es difícil sustraerse de esa herencia, que la sociedad mantiene.
  2. Por nuestra propia herencia personal. Como decía Wilhelm Reich, las manifestaciones instintivas de los niños nos ponen en contacto con nuestros propios deseos infantiles reprimidos. Y eso nos resulta peligroso por la cantidad de dolor que las represiones ocultan y que podría salir a la luz si no los limitamos.

¿Qué tipos de límites hay en crianza?

Para empezar, diré que hay límites que existen de manera natural. Son los límites de seguridad que buscan preservar la vida (ponerse el cinturón en el coche, circular por la acera en lugar de por la carretera, no tomar productos tóxicos…)

Pero existen otro tipo de límites que debemos ir desarrollando a medida que los niños crecen. La crianza autorregulada no va de que sean los niños los que establezcan esos límites ni de que no existe ningún tipo de límite. Tampoco va de ponerlos de forma autoritaria y sin control en base al miedo al que me refería al principio.

Así que os voy a mostrar los tres tipos de límites que reconoce el enfoque de la autorregulación (y que yo he recogido así de Evania Reichert):

  1. Los límites en relación con el otro. Tienen que ver con el desarrollo de la conciencia moral y ética. De lo que está bien y lo que está mal. De ponerse en el lugar de la otra persona y respetarla. En este sentido, hay que tener en cuenta que hasta los seis años a los niños les cuesta mucho empatizar, son egocéntricos y no entienden la reversibilidad de las cosas.
  2. Los límites que necesitan ser traspasados. Se refieren a los miedos y limitaciones que nos impiden evolucionar. A las creencias que nos frenan en el camino.
  3. Los límites internos. Son los que protegen nuestra intimidad y privacidad

¿Cómo poner límites?

No me gusta la idea de poner límites porque me huele a esa compulsión a educar que decía Reich. Prefiero hablar de cómo tenemos que desarrollar nuestra capacidad de acompañamiento en la gestión de los límites.

Lo primero de todo, debemos pensar cuál es el objetivo del límite y por qué se pone. Si es una ayuda para el crecimiento de nuestros hijos o responde a la impaciencia o irritación de un momento. Yo me haría también esta pregunta: ¿está al servicio de los niños o de la preservación del orden social? Pongo un ejemplo: si yo le digo a mi hija que no puede salir vestida de determinada manera por la calle, ¿responde al miedo a la crítica o a una necesidad de su desarrollo?

En segundo lugar, entender que no es posible una negligencia extrema, por otra parte muy común en nuestros tiempos ante la confusión por los cambios de paradigma. Yo sí creo que los niños necesitan a veces una contención, eso sí, afectuosa. Hay límites necesarios y responsabilidades, y siento que mi rol como madre es acogerlos y dar explicaciones. Nunca de forma arbitraria, ni buscando el control, la represión ni una relación de dominio.

Al final es un equilibrio. Un acoger los límites sin miedo a los niños ni al propio límite. Una forma amorosa de acompañar, que desentrañe las razones, las sociales y las personales, de nuestra forma de actuar. Que entienda que los niños son esencialmente buenos y que los límites son necesarios. Y, por encima de todo, que respete sus ritmos y confíe en su capacidad de autorregularse, sin interferencias excesivas y con mucha presencia cariñosa.

La infancia es posibilidad, luz y frescura.

“El deseo de enmendar la propia infancia es probablemente uno de los motivos típicos de la voluntad de educar. Pero para la mentalidad primitiva e inconsciente, enmendar la propia niñez solo puede significar venganza, de modo que la voluntad educativa comporta en sí misma una compulsión sádica a educar” Reich, citado por Albertini

Me encantaría conocer tu opinión y experiencias al respecto.

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Esta entrada tiene 2 comentarios

  1. Yo también creo e intento respetar al máximo y condicionar lo mínimo pero como bien dices los límites son necesarios para el desarrollo de su personalidad y aprenden a través de ellos. Siempre he sido una rebelde y no creo en los límites como forma de controlar, de ejercer poder o de domesticar pero los límites forman parte de la vida y necesitan integrarlos de forma sana. La teoría como siempre se ve muy bien en el papel pero hace falta mucha conciencia y observación para saber gestionar los límites desde su necesidad en vez de desde la nuestra

    1. Exacto, Bea. No hay en esto fórmulas mágicas. Supongo que vivimos en el tiempo de la urgencia, de las «fast» todo. Pero forzosamente hemos de volver a la olla lenta, a la mirada interna, a la observación constante y al ensayo-error. Hay voluntad y perseverancia, y un trabajo sobre el edificio de nuestras creencias. Pero a veces alguna frase, alguna palabra, enciende en nosotras la mecha que las hace arder. Un gesto, que es el de pararnos a mirar nuestras reacciones y los pensamientos que las desencadenan, encierra un potencial poderosísimo y al alcance. Un abrazo lleno.

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