Cómo aprendí a acompañar los celos

acompañar celos

Cuando mi pequeñita nació, no sé si os habrá pasado también, vi a mi hija mayor exageradamente mayor. Como si hubiera crecido de repente, de un día para otro, sin yo apenas enterarme. Y no solo en su aspecto externo. Algo dentro de sí misma había cambiado, algo que yo no supe entender entonces, pero que la llevó a mostrar un malestar, un mal humor y una agresividad que le desconocía.

Supongo que reconocer sus celos era entonces para mí una especie de dedo acusador, algo que no quería aceptar porque implicaba que mi hija no tenía sus necesidades de afecto y autoestima cubiertas. ¿Cómo podía admitir eso y al mismo tiempo ocuparme de un bebé, de la casa, de mí misma? Así es que escogí otra justificación (la “crisis de los seis” algo adelantada) que me dejara más tranquila y me eximiera de responsabilidad.

Pero mi pequeña maestra, fiel a su autenticidad, siguió escupiéndome su dolor (seguramente el más desgarrador que haya vivido), cada vez de forma más evidente. Y yo, fiel a mis patrones, en plena sombra de segundo puerperio, activaba el piloto automático a cada manifestación de ira, y lo hacía con más ira, juicio y enfado. Era un auténtico círculo vicioso en el que mi hija mayor, rota y desesperada, me buscaba y yo, rota y desesperada, la apartaba con mi enfado y mi crítica. Ninguna de las dos nos sentíamos bien.

Poniendo conciencia sobre los celos

Cuando llegué a un grado de remordimiento y culpa insoportable, simplemente decidí cortar el círculo. Puse por escrito la promesa de vigilar mis reacciones. Caí unas cuantas veces más, aunque al menos era capaz de observarme desde fuera. Al poner conciencia sobre la situación, todo se fue iluminando. Y sucedió esto:

  1. Asumí sus celos y los acepté sin culpa.
  2. Entendí que ella era la que peor lo pasaba, que su mundo había cambiado de repente y la presencia entera de su madre había desaparecido cuando aún me necesitaba tanto.
  3. Dejé de frenar la expresión de su rabia, consciente de que cualquier emoción que se queda dentro carga nuestra mochila.
  4. Validé su ira, le hice ver que entendía por lo que estaba pasando, que tenía que ser muy duro y que yo también había sufrido celos de pequeña.
  5. Dejé de juzgar su comportamiento porque, en realidad, quién soy yo, quiénes somos nosotros para hacerlo.
  6. Empecé a abrazarla (y reconozco que me costó mucho), después de cada explosión agresiva. Y me costó porque jamás me abrazaron en un momento así, porque creía que reforzaría su agresividad. ¡Cuánto que aprender! Mi amor era lo único que ella necesitaba, y eso disipó la rabia.
  7. Busqué, y aún sigo haciéndolo, la manera de pasar tiempo a solas con ella, y aunque a veces haya que hacer encaje de bolillos, todo se puede si hay voluntad.
  8. No forcé en ningún momento la expresión de cariño hacia su hermana.
  9. La sigo ayudando a buscar su propio camino entre compañeros de juego o familia para que se sienta valorada.
  10. No dejo de ofrecerle oportunidades para que se sepa importante y recupere su poder, aunque eso signifique rendirme a sus juegos (y esto a veces puede resultar agotador), volver a colechar todos juntos aunque sea un poco locura y priorizarla porque, definitivamente, me importa más ella que el orden de la casa o el suelo sin barrer.
  11. Nunca bajo la guardia. No creo que todo esté hecho. Entiendo que los niños no siempre perciben nuestro amor, así que es normal que la inseguridad reaparezca de vez en cuando. Pero entonces me tendrá.

Todo esto no podría haberlo conseguido sin dos cosas, que creo que están en la base de cualquier relación:

  • Escuchar nuestra guía interna, nuestra intuición, que siempre está inspirada por el amor y nos avisa dejándonos mal cuerpo si no la seguimos.
  • Aislarnos de la situación, si no podemos físicamente, sí al menos mentalmente, convirtiéndonos en nuestros propios observadores, como nos propone el mindfulnes. Así, seremos capaces de decirnos a nosotros mismos, en silencio, aquello que le hubiéramos dicho al niño y hubiera sido hiriente. Y luego, más tarde, preguntarnos por el origen de nuestras reacciones, para identificar cuáles proceden de nuestros patrones limitantes, anclados en la crianza que recibimos y en el miedo. Porque si somos capaces de identificar y aislar nuestros pensamientos, el amor aflorará, y será una guía maravillosa.

Espero que mi experiencia pueda ayudar a alguien. Quiero aclarar que siempre es necesario un equilibrio entre lo que los niños necesitan y lo que necesitamos nosotros. Cuidarnos es vital para poder cuidar.

“Equivocarse no es un error, es una oportunidad” Sergi Torres

Me encantaría saber cuál ha sido tu experiencia con los celos y qué has hecho para solucionarlo. Seguro que entre todos saldrán más ideas y reflexiones que aporten luz. Comparte si te ha gustado lo que has leído en este post o si crees que podría servirle de ayuda a alguien.

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